José Manuel Bou/ Realmente resulta muy difícil para los que no son valencianos (y a veces para los valencianos mismos) entender la política de nuestra comunidad. De la batalla de Valencia y las polémicas lingüísticas y simbólicas se pasó a las mayorías absolutas del PP, envueltas por una corrupción asfixiante, digna de los ambientes mafiosos más espeluznantes. Ahora que finalmente el PP parece haber sido destronado, si bien continua siendo el partido más votado a pesar de sus fracasos, nuevas guerras de banderas otean en el horizonte, eso si el PSPV y Compromis no se apuñalan mutuamente antes. ¿En qué consiste ese conflicto por las señas de identidad que parece no terminar nunca? ¿Por qué el PP ha logrado resultados apabullantes a pesar de los continuos casos de corrupción y que ha ocurrido en las últimas elecciones para que eso haya cambiado? En definitiva: ¿Qué pasa en Valencia?
La clave de este misterio valenciano hay que buscarla, a mi entender, en el tardofranquismo y la transición. En esta época se fragua lo que sería la futura izquierda valenciana durante la democracia, surgida, como en el resto de España, de la limitada lucha antifranquista, envalentonada a partir de finales de los 60 y, especialmente, a partir de la muerte de Franco en el 75. Lo que debemos entender es que esta lucha antifranquista valenciana, germen de toda su futura izquierda, fue dirigida y financiada desde Cataluña, por sectores nacionalistas del principado.
Desde la aparición de las primeras muestras de nacionalismo catalán en el siglo XIX, esta teoría, auspiciada por una burguesía enriquecida en el comercio textil con América y protagonista de algunos de los primeros intentos de industrialización de España, tropezó con la inexistencia de una base histórica para sustentarse. En efecto, Cataluña no había sido nunca un Reino, sino un conjunto de condados, el idioma catalán (que los primero nacionalistas pretendían una lengua anterior al latín) no había tenido ninguna muestra literaria destacable hasta ese siglo, Cataluña no había tenido instituciones autónomas, salvo las puramente medievales, desaparecidas desde la llegada de los Borbones. No había una base étnica ni religiosa ni cultural ni lingüística ni histórica sobre la que sustentar ese nacionalismo que la burguesía catalana intuía que tan rentable le podía resultar. Pero a grandes males grandes remedios. Si no existia base histórica… siempre podía inventarse.
El Reino de Valencia, su lengua y su cultura eran elementos clave en el proceso de falsificación de la historia del nacionalismo catalán, como instrumento de su burguesía para defender sus intereses económicos y comerciales. El valenciano como lengua tenía, precisamente, lo que le faltaba al catalán: muestras literarias significativas. De hecho, el primer siglo de oro de las lenguas romances corresponde al valenciano, con autores tan destacados como Joanot Martorell o Ausias March, antes incluso que al español o al italiano. Mientras, en los condados que ahora componen Cataluña, su legislación se dictaba en latín y sus primeros poetas escribían en provenzal. A falta de una historia propia, el nacionalismo catalán, simplemente, robó la valenciana.
No siempre la izquierda valenciana (o si se quiere, los sectores más liberales o progresistas) fueron cómplices de este catalanismo imperialista sobre el Reino de Valencia. El genial escritor y máximo representante político del republicanismo valenciano, Vicente Blasco Ibañez, publicó en la prensa de la época un artículo titulado “La peste catana”, como respuesta a los primeros intentos de “invasión cultural” de los vecinos del norte. ¿Qué ocurrió entonces en el tardofranquismo y la transición?
Así como la burguesía catalana basó su estrategia de predominio sobre Cataluña en fingir un conflicto de intereses (que solo podía ser cierto a nivel de élites, pero nunca del pueblo) con el resto de España, las clases dirigentes valencianas siempre fueron pactistas y cortesanas, y nunca plantearon dichos conflictos. Después de la guerra de sucesión, por ejemplo, la nobleza valenciana no vio interés alguno en solicitar del nuevo rey la devolución de los fueros, arrebatados como castigo por el apoyo al pretendiente austracista, porque estos no representaban para ellos ninguna ventaja especial respecto al derecho común de castilla. En otras regiones, como Cataluña, los fueros propios sí que marcaban diferencias económicas importantes, que permitían a los propietarios de tierras extraerles mayor beneficio en perjuicio de los jornaleros que las trabajaban, en relación a instituciones como la enfiteusis. La excusa era el valor de la tradición y, más adelante, fue interpretado como una especie de proto-nacionalismo (que vemos exhibido en la “diada”, convertida en orgía de separatismo año tras año), pero la causa real era meramente crematística. Lo cierto es que Casanova llamó a luchar a los barceloneses contra el pretendiente Borbón “por España” y que ante la presión de la nobleza catalana, los fueros fueron devueltos poco después, para que pudieran seguir explotando a gusto a los propios campesinos catalanes. Como vemos, la historia del nacionalismo catalán es la historia de la manipulación de su pueblo por sus élites para poder exprimirlo mejor, fuera en el siglo XIX con la enfiteusis o en el XXI con las cuentas en Suiza de la familia Pujol.
Los dirigentes valencianos, en cambio, prefirieron la estrategia de la castellanización y la colaboración con el poder central, al no encontrar nada que ganar en la reivindicación local. Este esquema se repetiría, en parte, durante el franquismo. Durante la Guerra Civil, los crímenes cometidos por el bando republicano en Cataluña, incluyendo las purgas internas, con una guerra sucia declarada entre estalinistas por un lado y anarquistas y trotskistas por otro, en Barcelona en el 37, provocaron que el nacionalismo moderado, representado por Cambó, apoyase el alzamiento nacional y que Cataluña fuera la región de España que más voluntarios aportara al bando nacional. Todo el victimismo nacionalista posterior, interpretando la Guerra Civil como una “invasión de España contra Cataluña” es, de nuevo, una burda falsificación. Sin embargo, al llegar a los últimos años del franquismo, parte importante de las élites catalanas, las 300 familias que llevaban predominando desde un siglo antes, consideraron, cara a la nueva situación que se abría, que para defender e incrementar su prosperidad, debida en gran parte a las políticas del franquismo, convenía levantar el fantasma del nacionalismo de nuevo. El antifranquismo catalán estuvo financiado e impulsado por esas élites (una plasmación muy gráfica de este fenómeno la encontramos en que el conde de Godó, editor del ortodoxamente franquista en vida de Franco y nacionalista después, La Vanguardia, editaba también el Papus, revistilla basura de propaganda antifranquista y de ultraizquierda, que se prodigó durante la transición). Pero el nacionalismo catalán chocaba, una vez más, con el obstáculo de siempre: su falta de consistencia histórica. Una vez más necesitaba robar a los valencianos, la lengua, cultura e individualidad histórica que ellos no tenían. Las “300 familias” no solo financiaron el antifranquismo catalán, imprimiéndole un nacionalismo antiespañol feroz, sino que también financiaron al antifranquismo valenciano, huérfano de atención en Castellón, Valencia y Alicante, donde las élites locales esperaban a verlas venir, sin pensar que forzar un sentimiento de hostilidad con el resto de España tuviera utilidad ninguna.
De este modo nació una generación de intelectualoides valencianos financiados desde Cataluña y, por lo tanto, como buenos estómagos agradecidos, furibundos catalanistas: Fuster, Enric Valor, Estellés, etc. Por desgracia la izquierda valenciana se basó en ellos y no en Blasco Ibáñez, por ejemplo, para tomar sustento intelectual. Las consecuencias de esto las seguimos soportando hoy en día y todo indica que las vamos a soportar mucho más durante los próximos 4 años.
Así las cosas, al iniciarse la transición y tomar el poder la izquierda en las instituciones valencianas, esa izquierda cuyos líderes habían sido educados en el catalanismo, actuaron consecuentemente a su concepción manipulada de la historia y comenzaron a utilizar unos símbolos pancatalanistas, completamente ajenos al sentir del pueblo valenciano, para estupor de la ciudadanía, incluidos la mayoría de sus propios votantes. Fue inevitable, entonces, que surgiera el valencianismo como un movimiento de reacción, de resistencia ante lo que era percibido como una agresión a las señas de identidad propias de los valencianos.
Así como el catalanismo fue (y sigue siendo) un movimiento de élites pseudointelectuales, creado y financiado a golpe de subvención, primero desde Cataluña y luego también desde las propias instituciones valencianas, el valencianismo fue siempre un movimiento popular, que canalizó la indignación de la ciudadanía de manera espontanea y sin apoyo político alguno, que la derecha política valenciana utilizó en su beneficio mientras estuvo en la oposición, pero que nunca controló, dirigió ni financió, y que, una vez tomó el poder, se esforzó por silenciar y aniquilar.
En la batalla de Valencia la indignación popular consiguió frenar el uso oficial de la cuatribarrada aragonesa-catalana de forma oficial, en beneficio de la señera con franja azul (de donde viene la denominación despectiva de “blaveros” a los valencianistas) sentida como propia por los valencianos desde tiempos ancestrales, si bien los partidos, sindicatos y asociaciones de izquierdas continuaron utilizando la enseña catalana en sus actos y en su imagen. La guerra por la denominación entre la tradicional “Reino de Valencia” y la catalanista “país valencia”, que prepara el terreno para los “paisos catalans”, quedó en tablas al adoptarse la expresión neutra “Comunidad Valenciana”. A nivel lingüístico, el valencianismo triunfó en teoría, al adoptarse la expresión “lengua valenciana” en el Estatuto de Autonomía, pero en catalanismo triunfó en la práctica, al asumirse la unidad de la lengua en la Ley de Uso y Enseñanza, aprobada por Lerma y mantenida vigente por el PP, y utilizarse un catalán normalizado, basado en el dialecto barceloní, como supuesto “valenciano”, en la educación, en la administración y, cuando la hubo, en la televisión autonómica.
Una buena prueba de lo arraigadas que tenemos los valencianos nuestras señas y de lo antinatural del catalanismo es que 30 años después, 30 años de predominio absoluto de las tesis de la “unitat de la llengua” en colegios, institutos, universidades (convertidas en auténticos templos del catalanismo y refugio de la extrema izquierda extraparlamentaria), instituciones públicas y privadas, y medios de comunicación, después de que ya varias generaciones de valencianos hayan estudiado, contra las evidencias históricas, que valenciano y catalán son la misma lengua, la mayoría de los valencianos sigue sosteniendo lo contrario. Por desgracia y pese a ello, una minoría adoctrinada cada vez más amplia, empieza a aceptar sin crítica las tesis del catalanismo o a no darles importancia, como si se tratara de un tema trivial.
Este éxito sociológico del movimiento valencianista que, contra toda la clase política y pseudointelectual, logró movilizar a los valencianos, hasta el punto de constituir al valencianismo anticatalanista como una suerte de “ideología oficiosa” de los valencianos, particularmente en la provincia de Valencia, frente a la “ideología oficial” de la clase política y mediática, activamente catalanista en el caso de la izquierda y pasivamente resignada a aceptar el catalanismo, especialmente lingüístico, en el caso del PP, no se vio, sin embargo, acompañado de un paralelo éxito político.
La falta de interés de las élites valencianas en fomentar un nacionalismo valenciano dejó en principio vacio el espacio político que podían haber ocupado partidos de ámbito regional, vacio que se fue llenando, de una parte, con el nacionalismo catalanista auspiciado desde Barcelona, representado en Unitat del Poble Valencia (UPV), transformado después en el Bloc y ahora en Compromis, marca blanca, al menos en sus orígenes, de CIU en Valencia, aunque con un sesgo izquierdista más notorio, y por otro, con el regionalismo valencianista de marcado carácter anticatalanista, que fructificó a nivel político en Unión Valenciana, partido impulsado por unos pocos empresarios valencianos, que creció al calor de la primigenia Alianza Popular, con la que concurrió a varias elecciones integrada en Coalición Popular, y de la que se distanció justo a tiempo de constituirse en el partido bisagra entre el PP y el PSOE.
La forma en cómo Unión Valenciana fue fagocitada por el PP, comprando las voluntades de sus dirigentes, como se compra cualquier producto en una tienda, quedará en los anales de la desvergüenza política. Tras el hundimiento de UV, activistas valencianistas que no estaban en venta fundaron Coalición Valenciana, pero el silencio mediático impuesto por el PP condenó este partido al ostracismo. No ha habido ningún otro intento relevante de llevar el éxito sociológico del valencianismo al plano político. Así las cosas, la crisis de representatividad entre los ciudadanos y los políticos, sus representantes teóricos, pero completamente ajenos a la ciudadanía a la que deberían servir, esta aun más acentuada en el Reino de Valencia que en el resto de España, porque aquí, además de la corrupción generalizada, hay una traición esencial a la base misma de los sentimientos de los valencianos, de su historia y de su cultura, aceptando la colonización impuesta desde el norte, algunos con entusiasmo (la izquierda) y otros con desgana (el PP), pero sin ofrecer en ningún caso oposición alguna.
Después de llegar al poder, en buena parte gracias al desgaste que el activismo valencianista había causado en los gobiernos de izquierdas, el PP ignoró primero y silenció después al movimiento cultural valencianista. Zaplana pactó con Pujol, a instancias de Aznar, a quien CIU había apoyado para convertirse en presidente del gobierno, la creación de una Academia Valenciana de la Lengua, donde estuvieran representados “expertos” de todas las tendencias, pero de clara mayoría catalanista (que se convirtió pronto en unanimidad) para oficializar el catalán en Valencia, que Lerma había impuesto por la vía de hecho. Si esta nueva AVL dictaminaba, como ocurrió, que el valenciano era el nombre “popular” que le dábamos en Valencia al catalán, la contradicción entre el Estatuto de Autonomía (que hablaba de lengua valenciana) y la Ley de Uso y Enseñanza (que imponía, de hecho, el catalán) quedaría subsanada y el catalanismo quedaría totalmente legalizado. De este modo se consumó la villanía.
La traición flagrante del PP a las señas de identidad valencianas y en particular a su “dolça llengua” no fue percibida por el común de la ciudadanía. El movimiento valencianista estaba ahogado entre los medios de izquierdas, que mostraban hacia él una enorme hostilidad, criminalizándolo con saña, desde la presunción de que cualquiera que negase la identidad de la lengua valenciana con la catalana, necesariamente debía ser de extrema derecha, hipótesis no por absurda, menos repetida, y los medios afines al PP, que ahora que los “suyos” gobernaban, no tenían la menor intención de “mover” el tema. El PP se encontraba entonces en un momento de gracia ante los aparentes éxitos económicos y las políticas de grandes eventos y obras faraónicas, ahora vilipendiadas, pero en su día, aplaudidas por la inmensa mayoría de los valencianos, que veían como su tierra, de nuevo “estaba en el mapa” tras décadas de ninguneo y que recobraba poco a poco la autoestima.
Estas circunstancias tan particulares explican que la minoría catalanista, de apenas el 5% de la población, haya impuesto sus políticas culturales y lingüísticas al 95% restante, algo realmente pintoresco y de lo que no se conocen antecedentes.
Esto mismo explica también el predominio del PP durante las décadas restantes. A medida que los dirigentes de Unión Valenciana se pasaban al PP uno por uno, sus votantes también lo hacían. Los aparentes éxitos económicos y las políticas de grandes eventos encandilaban a los valencianos. Cuando el coste de dichas políticas comenzó a hacerse inasumible y los casos de corrupción fueron sucediéndose, el PP tenía crédito político acumulado y lo más importante: no tenía alternativa posible a su izquierda.
Una vez fagocitada Unión Valenciana, de todos los partidos con representación parlamentaria en las Cortes Valencianas, el PP era el único que utilizaba en su imagen y sus actos la señera con franja azul, el único que en su denominación respetaba la estatutaria de “Comunidad Valenciana”, en lugar de aludir al “país valencia”, el único que se refería a la lengua co-oficial como “valenciano”, aunque en la práctica usara el catalán normalizado, en lugar de referirse a ella, directamente, como catalán. El PP era el único, en definitiva, que fingía respetar las señas de identidad valencianas, aunque a primeras de cambio las traicionase. Una izquierda encadenada a unos símbolos que resultaban ajenos, cuando no desagradables, a la inmensa mayoría de los valencianos, incluyendo la mayor parte de sus propios votantes, era una izquierda con una desventaja de inicio que le hacía concurrir a todas las elecciones con la batalla medio perdida, como un púgil que llega al ring con una mano atada a la espalda. Si no se tiene en cuenta esta realidad no se pueden entender las continuas mayorías absolutas de un PP en descomposición, corrupto hasta la médula, más semejante a una mafia de delincuentes que a un partido político.
Si finalmente el PP ha perdido la mayoría absoluta (si bien continúa siendo el partido más votado en la Comunidad) es porque sus fracasos ya no pueden ocultarse de ninguna forma. El hastío de los valencianos con la decadencia política de los populares ha sido, por fin más fuerte, que la cuestión identitaria para un número suficiente de ellos. Estamos hablando de un PP que se ha demorado meses en el pago a las farmacias, que ha cerrado Canal 9, la televisión autonómica, que ha visto como se cortaba la luz en edificios públicos por no pagarla, que ha tenido que ser rescatado por una deuda inasumible y todo ellos mientras aparecían día tras día casos de corrupción, cada uno más pintoresco e indignante que el anterior. Un Presidente de la Generalitat, obligado a dimitir por aceptar regalos, sentado en el banquillo de los acusados, un Presidente de la Diputación de Castellón, entrando por fin en la cárcel, después de haberle tocado la lotería 17 veces, un Conseller condenado por haber malversado el dinero de las ayudas al desarrollo, al que echaron por ladrón del PSOE 25 años antes y muchos ejemplos más, hasta formar una lista interminable…
Con los actuales gobiernos de coalición entre el PSPV y el Compromis catalanista en los principales ayuntamientos valencianos y en la Generalitat es probable que veamos una nueva batalla de Valencia. El valencianismo siempre ha vivido mejor contra la izquierda que contra el PP. Los ataques de los nuevos gobernantes a las señas de identidad valencianas no se harán esperar y, a diferencia de cuando gobernaba el PP, serán plenamente visibles y los medios de comunicación se harán eco de ellos.
La pregunta fundamental en estos momentos es: ¿Quién capitalizará el previsible desgaste que sufra la izquierda por ello? Tradicionalmente lo ha hecho el PP, pero este PP con casi más dirigentes en la cárcel que fuera, no estará probablemente en condiciones de ello. Podría hacerlo Ciudadanos, pero el partido de Rivera fue, precisamente, fundado en Cataluña. Un efecto francamente detestable del adoctrinamiento nacionalista en la educación en el principado es haber convencido a la inmensa mayoría de los catalanes, particularmente a los más jóvenes, también incluso a los menos nacionalistas, de sus tesis históricas, entre ellas la de la unidad de la lengua catalana en relación al valenciano y al mallorquín. Los dirigentes de Ciudadanos, como la mayor parte de los catalanes, están convencidos de que el valenciano no es más que un dialecto del catalán, aunque no compartan las consecuencias políticas que los nacionalistas derivan de ello. La líder de Ciudadanos en la Comunidad Valenciana, además, es una catalana que reside en Estados Unidos y veranea en Altea, a la que, por supuesto, no le cabe ninguna duda de que el valenciano y catalán son la misma lengua y que desprecia al movimiento valencianista. No sé si esos antecedentes facultan a Ciudadanos para beneficiarse del activismo por nuestras señas de identidad, por muy “antinacionalistas” que digan ser.
¿Quién queda entonces? ¿Se profundizará en la crisis de representatividad? ¿Veremos a un nuevo actor en el panorama electoral valenciano? ¿Se producirá el renacimiento del valencianismo político?
Publicado en "El Palleter".-http://www.elpalleter.com/actualitat/opinions/noticies/2008/bou170615.htm
La clave de este misterio valenciano hay que buscarla, a mi entender, en el tardofranquismo y la transición. En esta época se fragua lo que sería la futura izquierda valenciana durante la democracia, surgida, como en el resto de España, de la limitada lucha antifranquista, envalentonada a partir de finales de los 60 y, especialmente, a partir de la muerte de Franco en el 75. Lo que debemos entender es que esta lucha antifranquista valenciana, germen de toda su futura izquierda, fue dirigida y financiada desde Cataluña, por sectores nacionalistas del principado.
Desde la aparición de las primeras muestras de nacionalismo catalán en el siglo XIX, esta teoría, auspiciada por una burguesía enriquecida en el comercio textil con América y protagonista de algunos de los primeros intentos de industrialización de España, tropezó con la inexistencia de una base histórica para sustentarse. En efecto, Cataluña no había sido nunca un Reino, sino un conjunto de condados, el idioma catalán (que los primero nacionalistas pretendían una lengua anterior al latín) no había tenido ninguna muestra literaria destacable hasta ese siglo, Cataluña no había tenido instituciones autónomas, salvo las puramente medievales, desaparecidas desde la llegada de los Borbones. No había una base étnica ni religiosa ni cultural ni lingüística ni histórica sobre la que sustentar ese nacionalismo que la burguesía catalana intuía que tan rentable le podía resultar. Pero a grandes males grandes remedios. Si no existia base histórica… siempre podía inventarse.
El Reino de Valencia, su lengua y su cultura eran elementos clave en el proceso de falsificación de la historia del nacionalismo catalán, como instrumento de su burguesía para defender sus intereses económicos y comerciales. El valenciano como lengua tenía, precisamente, lo que le faltaba al catalán: muestras literarias significativas. De hecho, el primer siglo de oro de las lenguas romances corresponde al valenciano, con autores tan destacados como Joanot Martorell o Ausias March, antes incluso que al español o al italiano. Mientras, en los condados que ahora componen Cataluña, su legislación se dictaba en latín y sus primeros poetas escribían en provenzal. A falta de una historia propia, el nacionalismo catalán, simplemente, robó la valenciana.
No siempre la izquierda valenciana (o si se quiere, los sectores más liberales o progresistas) fueron cómplices de este catalanismo imperialista sobre el Reino de Valencia. El genial escritor y máximo representante político del republicanismo valenciano, Vicente Blasco Ibañez, publicó en la prensa de la época un artículo titulado “La peste catana”, como respuesta a los primeros intentos de “invasión cultural” de los vecinos del norte. ¿Qué ocurrió entonces en el tardofranquismo y la transición?
Así como la burguesía catalana basó su estrategia de predominio sobre Cataluña en fingir un conflicto de intereses (que solo podía ser cierto a nivel de élites, pero nunca del pueblo) con el resto de España, las clases dirigentes valencianas siempre fueron pactistas y cortesanas, y nunca plantearon dichos conflictos. Después de la guerra de sucesión, por ejemplo, la nobleza valenciana no vio interés alguno en solicitar del nuevo rey la devolución de los fueros, arrebatados como castigo por el apoyo al pretendiente austracista, porque estos no representaban para ellos ninguna ventaja especial respecto al derecho común de castilla. En otras regiones, como Cataluña, los fueros propios sí que marcaban diferencias económicas importantes, que permitían a los propietarios de tierras extraerles mayor beneficio en perjuicio de los jornaleros que las trabajaban, en relación a instituciones como la enfiteusis. La excusa era el valor de la tradición y, más adelante, fue interpretado como una especie de proto-nacionalismo (que vemos exhibido en la “diada”, convertida en orgía de separatismo año tras año), pero la causa real era meramente crematística. Lo cierto es que Casanova llamó a luchar a los barceloneses contra el pretendiente Borbón “por España” y que ante la presión de la nobleza catalana, los fueros fueron devueltos poco después, para que pudieran seguir explotando a gusto a los propios campesinos catalanes. Como vemos, la historia del nacionalismo catalán es la historia de la manipulación de su pueblo por sus élites para poder exprimirlo mejor, fuera en el siglo XIX con la enfiteusis o en el XXI con las cuentas en Suiza de la familia Pujol.
Los dirigentes valencianos, en cambio, prefirieron la estrategia de la castellanización y la colaboración con el poder central, al no encontrar nada que ganar en la reivindicación local. Este esquema se repetiría, en parte, durante el franquismo. Durante la Guerra Civil, los crímenes cometidos por el bando republicano en Cataluña, incluyendo las purgas internas, con una guerra sucia declarada entre estalinistas por un lado y anarquistas y trotskistas por otro, en Barcelona en el 37, provocaron que el nacionalismo moderado, representado por Cambó, apoyase el alzamiento nacional y que Cataluña fuera la región de España que más voluntarios aportara al bando nacional. Todo el victimismo nacionalista posterior, interpretando la Guerra Civil como una “invasión de España contra Cataluña” es, de nuevo, una burda falsificación. Sin embargo, al llegar a los últimos años del franquismo, parte importante de las élites catalanas, las 300 familias que llevaban predominando desde un siglo antes, consideraron, cara a la nueva situación que se abría, que para defender e incrementar su prosperidad, debida en gran parte a las políticas del franquismo, convenía levantar el fantasma del nacionalismo de nuevo. El antifranquismo catalán estuvo financiado e impulsado por esas élites (una plasmación muy gráfica de este fenómeno la encontramos en que el conde de Godó, editor del ortodoxamente franquista en vida de Franco y nacionalista después, La Vanguardia, editaba también el Papus, revistilla basura de propaganda antifranquista y de ultraizquierda, que se prodigó durante la transición). Pero el nacionalismo catalán chocaba, una vez más, con el obstáculo de siempre: su falta de consistencia histórica. Una vez más necesitaba robar a los valencianos, la lengua, cultura e individualidad histórica que ellos no tenían. Las “300 familias” no solo financiaron el antifranquismo catalán, imprimiéndole un nacionalismo antiespañol feroz, sino que también financiaron al antifranquismo valenciano, huérfano de atención en Castellón, Valencia y Alicante, donde las élites locales esperaban a verlas venir, sin pensar que forzar un sentimiento de hostilidad con el resto de España tuviera utilidad ninguna.
De este modo nació una generación de intelectualoides valencianos financiados desde Cataluña y, por lo tanto, como buenos estómagos agradecidos, furibundos catalanistas: Fuster, Enric Valor, Estellés, etc. Por desgracia la izquierda valenciana se basó en ellos y no en Blasco Ibáñez, por ejemplo, para tomar sustento intelectual. Las consecuencias de esto las seguimos soportando hoy en día y todo indica que las vamos a soportar mucho más durante los próximos 4 años.
Así las cosas, al iniciarse la transición y tomar el poder la izquierda en las instituciones valencianas, esa izquierda cuyos líderes habían sido educados en el catalanismo, actuaron consecuentemente a su concepción manipulada de la historia y comenzaron a utilizar unos símbolos pancatalanistas, completamente ajenos al sentir del pueblo valenciano, para estupor de la ciudadanía, incluidos la mayoría de sus propios votantes. Fue inevitable, entonces, que surgiera el valencianismo como un movimiento de reacción, de resistencia ante lo que era percibido como una agresión a las señas de identidad propias de los valencianos.
Así como el catalanismo fue (y sigue siendo) un movimiento de élites pseudointelectuales, creado y financiado a golpe de subvención, primero desde Cataluña y luego también desde las propias instituciones valencianas, el valencianismo fue siempre un movimiento popular, que canalizó la indignación de la ciudadanía de manera espontanea y sin apoyo político alguno, que la derecha política valenciana utilizó en su beneficio mientras estuvo en la oposición, pero que nunca controló, dirigió ni financió, y que, una vez tomó el poder, se esforzó por silenciar y aniquilar.
En la batalla de Valencia la indignación popular consiguió frenar el uso oficial de la cuatribarrada aragonesa-catalana de forma oficial, en beneficio de la señera con franja azul (de donde viene la denominación despectiva de “blaveros” a los valencianistas) sentida como propia por los valencianos desde tiempos ancestrales, si bien los partidos, sindicatos y asociaciones de izquierdas continuaron utilizando la enseña catalana en sus actos y en su imagen. La guerra por la denominación entre la tradicional “Reino de Valencia” y la catalanista “país valencia”, que prepara el terreno para los “paisos catalans”, quedó en tablas al adoptarse la expresión neutra “Comunidad Valenciana”. A nivel lingüístico, el valencianismo triunfó en teoría, al adoptarse la expresión “lengua valenciana” en el Estatuto de Autonomía, pero en catalanismo triunfó en la práctica, al asumirse la unidad de la lengua en la Ley de Uso y Enseñanza, aprobada por Lerma y mantenida vigente por el PP, y utilizarse un catalán normalizado, basado en el dialecto barceloní, como supuesto “valenciano”, en la educación, en la administración y, cuando la hubo, en la televisión autonómica.
Una buena prueba de lo arraigadas que tenemos los valencianos nuestras señas y de lo antinatural del catalanismo es que 30 años después, 30 años de predominio absoluto de las tesis de la “unitat de la llengua” en colegios, institutos, universidades (convertidas en auténticos templos del catalanismo y refugio de la extrema izquierda extraparlamentaria), instituciones públicas y privadas, y medios de comunicación, después de que ya varias generaciones de valencianos hayan estudiado, contra las evidencias históricas, que valenciano y catalán son la misma lengua, la mayoría de los valencianos sigue sosteniendo lo contrario. Por desgracia y pese a ello, una minoría adoctrinada cada vez más amplia, empieza a aceptar sin crítica las tesis del catalanismo o a no darles importancia, como si se tratara de un tema trivial.
Este éxito sociológico del movimiento valencianista que, contra toda la clase política y pseudointelectual, logró movilizar a los valencianos, hasta el punto de constituir al valencianismo anticatalanista como una suerte de “ideología oficiosa” de los valencianos, particularmente en la provincia de Valencia, frente a la “ideología oficial” de la clase política y mediática, activamente catalanista en el caso de la izquierda y pasivamente resignada a aceptar el catalanismo, especialmente lingüístico, en el caso del PP, no se vio, sin embargo, acompañado de un paralelo éxito político.
La falta de interés de las élites valencianas en fomentar un nacionalismo valenciano dejó en principio vacio el espacio político que podían haber ocupado partidos de ámbito regional, vacio que se fue llenando, de una parte, con el nacionalismo catalanista auspiciado desde Barcelona, representado en Unitat del Poble Valencia (UPV), transformado después en el Bloc y ahora en Compromis, marca blanca, al menos en sus orígenes, de CIU en Valencia, aunque con un sesgo izquierdista más notorio, y por otro, con el regionalismo valencianista de marcado carácter anticatalanista, que fructificó a nivel político en Unión Valenciana, partido impulsado por unos pocos empresarios valencianos, que creció al calor de la primigenia Alianza Popular, con la que concurrió a varias elecciones integrada en Coalición Popular, y de la que se distanció justo a tiempo de constituirse en el partido bisagra entre el PP y el PSOE.
La forma en cómo Unión Valenciana fue fagocitada por el PP, comprando las voluntades de sus dirigentes, como se compra cualquier producto en una tienda, quedará en los anales de la desvergüenza política. Tras el hundimiento de UV, activistas valencianistas que no estaban en venta fundaron Coalición Valenciana, pero el silencio mediático impuesto por el PP condenó este partido al ostracismo. No ha habido ningún otro intento relevante de llevar el éxito sociológico del valencianismo al plano político. Así las cosas, la crisis de representatividad entre los ciudadanos y los políticos, sus representantes teóricos, pero completamente ajenos a la ciudadanía a la que deberían servir, esta aun más acentuada en el Reino de Valencia que en el resto de España, porque aquí, además de la corrupción generalizada, hay una traición esencial a la base misma de los sentimientos de los valencianos, de su historia y de su cultura, aceptando la colonización impuesta desde el norte, algunos con entusiasmo (la izquierda) y otros con desgana (el PP), pero sin ofrecer en ningún caso oposición alguna.
Después de llegar al poder, en buena parte gracias al desgaste que el activismo valencianista había causado en los gobiernos de izquierdas, el PP ignoró primero y silenció después al movimiento cultural valencianista. Zaplana pactó con Pujol, a instancias de Aznar, a quien CIU había apoyado para convertirse en presidente del gobierno, la creación de una Academia Valenciana de la Lengua, donde estuvieran representados “expertos” de todas las tendencias, pero de clara mayoría catalanista (que se convirtió pronto en unanimidad) para oficializar el catalán en Valencia, que Lerma había impuesto por la vía de hecho. Si esta nueva AVL dictaminaba, como ocurrió, que el valenciano era el nombre “popular” que le dábamos en Valencia al catalán, la contradicción entre el Estatuto de Autonomía (que hablaba de lengua valenciana) y la Ley de Uso y Enseñanza (que imponía, de hecho, el catalán) quedaría subsanada y el catalanismo quedaría totalmente legalizado. De este modo se consumó la villanía.
La traición flagrante del PP a las señas de identidad valencianas y en particular a su “dolça llengua” no fue percibida por el común de la ciudadanía. El movimiento valencianista estaba ahogado entre los medios de izquierdas, que mostraban hacia él una enorme hostilidad, criminalizándolo con saña, desde la presunción de que cualquiera que negase la identidad de la lengua valenciana con la catalana, necesariamente debía ser de extrema derecha, hipótesis no por absurda, menos repetida, y los medios afines al PP, que ahora que los “suyos” gobernaban, no tenían la menor intención de “mover” el tema. El PP se encontraba entonces en un momento de gracia ante los aparentes éxitos económicos y las políticas de grandes eventos y obras faraónicas, ahora vilipendiadas, pero en su día, aplaudidas por la inmensa mayoría de los valencianos, que veían como su tierra, de nuevo “estaba en el mapa” tras décadas de ninguneo y que recobraba poco a poco la autoestima.
Estas circunstancias tan particulares explican que la minoría catalanista, de apenas el 5% de la población, haya impuesto sus políticas culturales y lingüísticas al 95% restante, algo realmente pintoresco y de lo que no se conocen antecedentes.
Esto mismo explica también el predominio del PP durante las décadas restantes. A medida que los dirigentes de Unión Valenciana se pasaban al PP uno por uno, sus votantes también lo hacían. Los aparentes éxitos económicos y las políticas de grandes eventos encandilaban a los valencianos. Cuando el coste de dichas políticas comenzó a hacerse inasumible y los casos de corrupción fueron sucediéndose, el PP tenía crédito político acumulado y lo más importante: no tenía alternativa posible a su izquierda.
Una vez fagocitada Unión Valenciana, de todos los partidos con representación parlamentaria en las Cortes Valencianas, el PP era el único que utilizaba en su imagen y sus actos la señera con franja azul, el único que en su denominación respetaba la estatutaria de “Comunidad Valenciana”, en lugar de aludir al “país valencia”, el único que se refería a la lengua co-oficial como “valenciano”, aunque en la práctica usara el catalán normalizado, en lugar de referirse a ella, directamente, como catalán. El PP era el único, en definitiva, que fingía respetar las señas de identidad valencianas, aunque a primeras de cambio las traicionase. Una izquierda encadenada a unos símbolos que resultaban ajenos, cuando no desagradables, a la inmensa mayoría de los valencianos, incluyendo la mayor parte de sus propios votantes, era una izquierda con una desventaja de inicio que le hacía concurrir a todas las elecciones con la batalla medio perdida, como un púgil que llega al ring con una mano atada a la espalda. Si no se tiene en cuenta esta realidad no se pueden entender las continuas mayorías absolutas de un PP en descomposición, corrupto hasta la médula, más semejante a una mafia de delincuentes que a un partido político.
Si finalmente el PP ha perdido la mayoría absoluta (si bien continúa siendo el partido más votado en la Comunidad) es porque sus fracasos ya no pueden ocultarse de ninguna forma. El hastío de los valencianos con la decadencia política de los populares ha sido, por fin más fuerte, que la cuestión identitaria para un número suficiente de ellos. Estamos hablando de un PP que se ha demorado meses en el pago a las farmacias, que ha cerrado Canal 9, la televisión autonómica, que ha visto como se cortaba la luz en edificios públicos por no pagarla, que ha tenido que ser rescatado por una deuda inasumible y todo ellos mientras aparecían día tras día casos de corrupción, cada uno más pintoresco e indignante que el anterior. Un Presidente de la Generalitat, obligado a dimitir por aceptar regalos, sentado en el banquillo de los acusados, un Presidente de la Diputación de Castellón, entrando por fin en la cárcel, después de haberle tocado la lotería 17 veces, un Conseller condenado por haber malversado el dinero de las ayudas al desarrollo, al que echaron por ladrón del PSOE 25 años antes y muchos ejemplos más, hasta formar una lista interminable…
Con los actuales gobiernos de coalición entre el PSPV y el Compromis catalanista en los principales ayuntamientos valencianos y en la Generalitat es probable que veamos una nueva batalla de Valencia. El valencianismo siempre ha vivido mejor contra la izquierda que contra el PP. Los ataques de los nuevos gobernantes a las señas de identidad valencianas no se harán esperar y, a diferencia de cuando gobernaba el PP, serán plenamente visibles y los medios de comunicación se harán eco de ellos.
La pregunta fundamental en estos momentos es: ¿Quién capitalizará el previsible desgaste que sufra la izquierda por ello? Tradicionalmente lo ha hecho el PP, pero este PP con casi más dirigentes en la cárcel que fuera, no estará probablemente en condiciones de ello. Podría hacerlo Ciudadanos, pero el partido de Rivera fue, precisamente, fundado en Cataluña. Un efecto francamente detestable del adoctrinamiento nacionalista en la educación en el principado es haber convencido a la inmensa mayoría de los catalanes, particularmente a los más jóvenes, también incluso a los menos nacionalistas, de sus tesis históricas, entre ellas la de la unidad de la lengua catalana en relación al valenciano y al mallorquín. Los dirigentes de Ciudadanos, como la mayor parte de los catalanes, están convencidos de que el valenciano no es más que un dialecto del catalán, aunque no compartan las consecuencias políticas que los nacionalistas derivan de ello. La líder de Ciudadanos en la Comunidad Valenciana, además, es una catalana que reside en Estados Unidos y veranea en Altea, a la que, por supuesto, no le cabe ninguna duda de que el valenciano y catalán son la misma lengua y que desprecia al movimiento valencianista. No sé si esos antecedentes facultan a Ciudadanos para beneficiarse del activismo por nuestras señas de identidad, por muy “antinacionalistas” que digan ser.
¿Quién queda entonces? ¿Se profundizará en la crisis de representatividad? ¿Veremos a un nuevo actor en el panorama electoral valenciano? ¿Se producirá el renacimiento del valencianismo político?
Publicado en "El Palleter".-http://www.elpalleter.com/actualitat/opinions/noticies/2008/bou170615.htm
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