Los valencianos nos hemos pasado la vida cantando “Per a ofrenar noves glories a Espanya”. Hemos (somos) sido un pueblo solidario con las necesidades del resto del territorio español, sin hacer de ello victimismo, ni emplearlo para el chantaje. ¿Y de qué nos ha servido emocionarnos cantando el Himno y hacer de la fraternización un estilo de vida? ¡De nada!
Bajo la etiqueta del “Levante feliz”, el centralismo ha diseñado a lo largo del tiempo la excusa perfecta para ignorarnos, cuando no, ningunearnos; y el catalanismo para hacer de nuestra falta de personalidad un blanco fácil donde extender su megalomanía delirante y acomplejada.
Pero si históricamente hemos sido un pueblo dócil y muelle, hoy además, pretenden que seamos (continuemos) mansos y resignados. Los centralistas, desconocedores de la realidad histórica porque jamás les ha importado, procurando suprimir nuestra autonomía y “reconducirnos” a la gran Castilla, bajo el seudónimo de España. Cuando no, emplearnos como moneda de cambio para satisfacer sus complejos. Los catalanistas, ante la sumisión y adoctrinamiento, intentando hacernos una colonia suya.
Los valencianos no molestamos. Nuestras reivindicaciones no dejan de ser como un castillo de fuegos artificiales: ruido y luz que desaparecen antes de llegar al suelo. Nuestro peso político en Madrid ha sido proporcional a la importancia que “nuestros” representantes han dado a la defensa de lo valenciano, es decir, ninguno. Han sido simples marionetas en manos de los intereses de cada partido, que no los nuestros. Todo un ejemplo del voto inútil para Valencia, por más que todas las campañas se empeñen en convencernos de lo contrario. El “poder” político de Valencia, para nuestra vergüenza y desgracia, no existe desde el siglo XV.
Dadas estas circunstancias, ¿a alguien le sorprende que nos hayamos quedado sin sistema financiero propio y sin televisión autonómica; que se primen otras infraestructuras por encima de las nuestras; que nuestro pequeño/mediano comercio y autónomos, además de contar con la deslealtad de la Generalita Valenciana, sea el blanco feroz de Hacienda, mientras que grandes superficies y comercios extranjeros cuentan con una impunidad inimaginable? Tampoco sorprende que el Secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, nos diga que se salta la propuesta de mejora de financiación, aprobada en Les Corts (nuestra Comunidad está 15 puntos por bajo de la media nacional) y que, si estamos tontos al reclamar la “deuda histórica”, cifrada según los expertos en 13.000 millones del déficit acumulado entre 2002-2012 (deuda reconocida, por ejemplo, a Extremadura).
Además, nuestros sentimientos e historia son ignorados por los que tienen la responsabilidad de salvaguardarlos. Felipe VI debería respetar la Cosntitución, que dice (art. 3) que son lenguas oficiales del Estado español aquellas que reconozcan sus Estatutos. Doy por hecho que sus “consejeros” deben de parecerse a los tertulianos de los medios de comunicación. Expertos, indistintamente, del tema seleccionado, sea éste violencia de género, física cuántica o de la reproducción de la lagartija de Guatemala. Todos ellos, por supuesto, respetuosos y valedores de que se cumpla la Constitución cuando les interesa. Pero, por más que se les conmine a ello, siguen ignorando la lengua valenciana. Lo mismo que, inexplicablemente, hizo el nuevo monarca en su discurso.
No existimos para las televisiones nacionales a no ser que, haya ocurrido un hecho lamentable o para hablar de la corrupción. Como si el pudrimiento político fuese patrimonio exclusivo de los valencianos para algunos medios. Ya hasta se permiten, como ha ocurrido en La Sexta, poner el escudo del Valencia CF, todo un símbolo que representa un sentimiento, boca abajo. ¿Se hubiesen atrevido hacerlo con el del Real Madrid o Barça? ¡Jamás!
En su despedida, el maestro Zubin Mehta se escandalizaba de cómo se ninguneaba el Palau de les Arts de Valencia, ya que solo recibía 400.000 euros del Ministerio de Cultura, frente a los 9 millones del Real de Madrid, o los 11 del Liceo de Barcelona. Sugería, en broma, “la necesidad de un movimiento independentista desde Valencia para lograr más dinero de Madrid”. Aunque no creo que la solución sea la que propone Mehta, sí opino que debemos cambiar nuestra postura “muelle” y reivindicar lo que nos corresponde por ley. Solo desde la confianza y respeto por nosotros mismos conseguiremos el respeto de los demás.
Quizás ahora, hartos de comprobar que el modelo actual nos ignora, desprestigia, silencia o suplanta, haya llegado el momento de recuperar el valencianismo sin complejos, sin ataduras políticas con Madrid, ni culturales con Barcelona (con esto desaparecerían todos los partidos existentes, por razones obvias); un valencianismo donde prime el sentimiento, el orgullo de lo nuestro y no una forma de ganarse la vida. Los valencianos somos emprendedores, dinámicos, creativos y competitivos pese a obstaculizarnos. Reunimos todos los elementos para transformar el anonimato al que ahora nos someten, en poder de decisión. Solo depende de nosotros.
Per Joan Ignaci Culla
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